Viajo en retrospectiva  entre los días y las noches de los 292 días con sus sorpresas por segundo que cambiaron mi mundo.Mi alrededor marchaba sin un atisbo de sospecha, el tiempo bailaba invariable al ritmo de sus agujas, las páginas pasaban frente a mis ojos, mis dedos abrazados al
lápiz trazando ideas en letras.

Sin embargo, el espejo reflejaba a otra persona, mi reloj no marcaba la misma hora, las páginas tomaron otro sentido, y mis ideas viajaron, maletas en mano, a lugares desconocidos. Lo que conocía como mi mundo, cambió.

En ese instante mis pensamientos, el aire en mis pulmones, la melodía de mi corazón te susurraron al oído, mi voz se convirtió en un eco, las palabras le cedieron lugar a las caricias, y transcurrieron las horas, los días, los meses, en el idilio de nuestros incesantes encuentros aún sin conocernos.

Hasta ese día las páginas y las letras se sentían embriagantes, creí haber cosechado memorias, ignorante de que era solo el preámbulo de ese instante en el cual tu llanto se convirtió en sinfonía y tu mirada se hizo nido en mi alma.

La Flor

En la espalda de la montaña se recuesta la calidez que entre las nubes se cuela.
Así como entre mis dedos resbala tu piel y se impronta en mi pecho. Como serpentea el hilo del manantial entre la tierra que abraza tu cintura, que baja para dar de beber a las raíces de la flor que despliega sus pétalos a la luz del sol.

Los secretos de Kate

No es un secreto que he devorado cada uno de los libros de la autora australiana, y en particular con El Cumpleaños Secreto tuve sentimientos encontrados a lo largo de la lectura.

En cada uno de los que he leído: Suma de Letras, La Casa de Riverton, Kate Morton (España, 2011); Suma de Letras, Las Horas Distantes, Kate Morton (España, 2012); se refleja una técnica similar. La trama, si la vemos desde un contexto general, es parecida a los demás libros, personajes complejos, con pasados ocultos y alguien lo suficientemente curioso para llegar a las últimas consecuencias por descubrirle hasta las entrañas a todo el asunto.

Resulta, y es por esto que particularmente me es grato leer sus libros, que Morton posee una narración que engancha y difícilmente te suelta hasta que se acaban las páginas. Aunque sus historias se parecen, y tienen un estilo muy similar, cada una tiene ese “gancho” que atrapa al lector.

El último libro publicado hasta el momento por la escritora australiana

El último libro publicado hasta el momento por la escritora australiana

En el caso de El Cumpleaños Secreto, leí los primeros capítulos con el sabor de que “ya había leído esto antes”, pero continué la lectura. Con su narración implacable, dotaba de los detalles necesarios al lector para imaginarse el desastre, la desesperación y el ánimo de las personas en medio de ese Londres de la Segunda Guerra Mundial.

A medida que avanzan los capítulos el libro se vuelve intrigante, debatiéndose entre dos tiempos, el pasado y el presente (algo usual en los libros de Kate). Es también algo característico, que la autora guarde un final inesperado, del cual va dando pistas a través del libro, sin embargo es inevitable ese punto de giro casi atómico que hace en los últimos capítulos. Y tal es el caso de este libro, aunque, a diferencia de los demás, si fue realmente sorprendente. El punto de giro es súbito, y lo plantea tan sutil, que incluso se puede llegar a pensar que hay un error y reclamarle al corrector de estilo por haber cambiado un nombre por otro. Sin embargo, al avanzar en la lectura, se cae en la cuenta de que no hay errores en el libro, y que probablemente el lector estuvo sumergido en un “engaño” durante las 420 páginas anteriores.

Es una historia con muchos detalles bien hilvanados, entre un asesinato, los sueños, las tragedias y el amor en diferentes vertientes, que vale la pena leer.

 

El Cumpleaños Secreto, Kate Morton. Suma de Letras, Madrid, 2013. 560 páginas, US$15.13.

5:32

Entre murmullos, personas que pasan rápidamente y ese olor a café rancio impregnado en las paredes la veo sentada en la mesa de la esquina. Tiene una mirada triste, sostiene un libro pero no lee, está distraída.

Admito que me gusta verla sonreír, sus labios son como un pincel que se desliza suavemente creando un trazo impecable. Pero hay algo sublime en su melancolía, como se ve ahora, retraída en el rincón de esta concurrida cafetería; sin embargo, el brillo en sus ojos a punto de desbordar gotas de lágrimas saladas, los nervios que intenta calmar fumando un cigarrillo mientras juega distraída con las páginas del libro, me transportan a una dimensión donde estamos solo los dos.

Apaga el cigarrillo, su rostro se transforma, desde aquí la veo más triste. Con un sonido sordo, me paro de la mesa, y decidido y con pasos incoherentes me hago camino entre mesas, sillas, vasos de desechables de todo tipo de cafés y esas personas que chocan entre sí. Los seis mosaicos de distancia que separaban nuestras mesas parecía una cuadra de la 5ta avenida de Nueva York, el camino hacia ella se me hizo eterno.

Llegué y el aroma de su pelo golpeó mis sentidos y perdí el equilibrio, me aguanté de la pared, me incorporé, y al levantar la vista, ella me miraba. Me dispuse a articular mi nombre, cuando dos personas que al parecer discutían, apagaron de un sopetón ese par de ojos llorosos.

El golpe fue tan fuerte que derramé mi café, me movía para encontrar un espacio, por diminuto que fuere, para comprobar que no estaba loco, que ella finalmente me miraba.

Algunos minutos pasaron, aunque mi paranoia me llevó a pensar que fueron horas, y se movieron las personas, y esa mesa, ese melancólico rincón estaba vacío. Ella se había ido.

Escuchaba las voces más altas, en las bocinas Smooth Operator era casi un susurro entre todas las conversaciones, el olor a café inundó mis narices. Suspiré y me dispuse a salir del lugar, sabiendo que mañana volvería, como todos los días, a contemplarla.

Admito que me gusta verla sonreír, sus labios son como un pincel que se desliza suavemente creando un trazo impecable. Pero hay algo sublime en su melancolía, como se ve ahora, retraída en el rincón de esta concurrida cafetería; sin embargo, el brillo en sus ojos a punto de desbordar gotas de lágrimas saladas, los nervios que intenta calmar fumando un cigarrillo mientras juega distraída con las páginas del libro, me transportan a una dimensión donde estamos solo los dos.

Apaga el cigarrillo, su rostro se transforma, desde aquí la veo más triste. Con un sonido sordo, me paro de la mesa, y decidido y con pasos incoherentes me hago camino entre mesas, sillas, vasos de desechables de todo tipo de cafés y esas personas que chocan entre sí. Los seis mosaicos de distancia que separaban nuestras mesas parecía una cuadra de la 5ta avenida de Nueva York, el camino hacia ella se me hizo eterno.

Llegué y el aroma de su pelo golpeó mis sentidos y perdí el equilibrio, me aguanté de la pared, me incorporé, y al levantar la vista, ella me miraba. Me dispuse a articular mi nombre, cuando dos personas que al parecer discutían, apagaron de un sopetón ese par de ojos llorosos.

El golpe fue tan fuerte que derramé mi café, me movía para encontrar un espacio, por diminuto que fuere, para comprobar que no estaba loco, que ella finalmente me miraba.

Algunos minutos pasaron, aunque mi paranoia me llevó a pensar que fueron horas, y se movieron las personas, y esa mesa, ese melancólico rincón estaba vacío. Ella se había ido.
Escuchaba las voces más altas, en las bocinas Smooth Operator era casi un susurro entre todas las conversaciones, el olor a café inundó mis narices. Suspiré y me dispuse a salir del lugar, sabiendo que mañana volvería, como todos los días, a contemplarla.

Te sueño

Nos miramos a los ojos, no dijimos nada más. La habitación estaba oscura, el brillo de tus ojos era la única luz que podía ver. Temblabas, tus manos sudaban apretadas contra las mias en un lazo permanente que no se desataría jamás. Yo, embriagada de tu olor, olvidé dónde estabamos. Tampoco quería saberlo, porque no había otro lugar a donde quisiera ir. Para qué viajar, si en este instante he conocido lugares más allá de este mundo, ahí en el marrón claro de tus ojos, en tus labios perfectos, en tus curvas y en el hoyuelo en tu espalda baja. Extaciada, suspirando el aroma que adorna tu cuello, me entregué al sueño.

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Menos cuarto para las diez

Las palmas bailaban al compás del viento y llovía. Llevaba gran parte del día durmiendo, cuando se levantó de la cama, cerró con furia la puerta haciendo retumbar las ventanas de metal. Con el ceño fruncido, la sangre se le reflejaba en la cara enrojecida, se dirigió hacia la cocina echando pestes  mientras permanecíamos calladas. El resto del día no pintaba bien.

-¿Se habrá tomado las pastillas? Preguntó Delia.

-Los medicamentos no regulan el carácter. Dijo Paula en forma de broma.

Pero nadie rió.

Habíamos tratado de ver las cosas de un modo positivo y relajado, pero sus cambios de humor y su agresividad se hacían más evidentes con los días.

Con un fuerte sonido seco, todas fuimos sacadas de nuestros pensamientos de manera súbita, retornadas a la realidad con las miradas perdidas y un signo de interrogación en el rostro que cada una expresaba con una mueca diferente. Me sentía como un mimo.

-¡Papá!

Cuando logramos voltear, la puerta aún hacía eco del súbito estrellón y las ventanas al temblar emitían un chirrido particular. Ni rastros de papá.

Mamá salió corriendo como cuando se le queman los fritos, haló fuertemente la puerta, atravesó la galería y frenó de golpe en el portón de hierro negro y frío que, por la prisa, papá había olvidado cerrar. Hasta ahora no me he atrevido a preguntarle a mamá, y menos después de lo que pasó, porqué se detuvo en el último escalón y se quedó ahí parada un buen rato. Tal vez se dio cuenta de que aunque papá estuviera cerca sería imposible hacerlo entrar en razón para que se calmara y volviera a la casa. Sin embargo, me quedaré con la duda para no herirla más.

Observaba a mamá desde el comedor con un sentimiento de compasión como si pudiera sentir su dolor, aunque ella no lo demostraba. Inmediatamente mis hermanas salieron a la galería, ella se volteó con una sonrisa forzada, se encogió de hombros en señal de resignación y dijo:

-Saben como es su padre, mejor lo dejamos tranquilo que luego vuelve calmado.

Yo me asomé por detrás de mis hermanas, quienes se tragaban siempre el cuento de que “luego” todo estaría bien. Sin embargo, el intento de mi madre por ocultar su aflicción no estaba dando resultados conmigo. Sabía que las cosas no estaban bien, y tenía mis dudas de ese famoso “luego” que no llegaba nunca.

Mamá envió a Delia y a Paula al mercado por lo que hacía falta para la cena. Cuando ellas se marcharon, me quedé a solas con mi madre en la cocina, de inmediato tomé la esponja y el jabón para fregar tres platos, un cuchillo y dos tazas de café, como pretexto para que me contara lo que tanto la angustiaba.

-Tu padre se volvió a pelear con el vecino.

Aturdida por el silencio y segura de que mi madre no diría una sola palabra, su voz apagada y cansada me tomó por sorpresa, haciendo que el cuchillo resbalase de mis manos y chocara con los platos.

-Y ahora, ¿por qué discutieron? Dije un poco nerviosa.

-Porque tu padre está insoportable, hija.

Y con voz entrecortada y apresurada, continuó.

-El vecino le pidió amablemente que tuviera cuidado al regar la plantas porque el agua le salpica no se que cosa en su patio, y ya no se que hacer.

Se llevó las manos sucias de carne a la cara, y las lágrimas salpicaban la mesa. Intenté decir algo pero no pude, tenía la mente en blanco y un nudo en la garganta. Me acerqué a ella y la abracé. Y lo único que pude decir fue:

-Llora mamá, son momentos difíciles pero verás que con el tratamiento que le puso el doctor, las cosas van a mejorar.

No se si era cierto lo que dije pero sentí la necesidad de hacer sentir mejor a mamá y rogaba por haber sonado convincente.

Después de unos minutos se reincorporó, se secó las lágrimas e hizo un intento por darme una sonrisa, y yo le devolví el gesto. Sin retomar la conversación, volvimos a lo nuestro: yo fregaba y ella preparaba la carne, mientras el silencio nos consumía.

Mis hermanas tardaron treinta y cinco minutos en llegar, por lo que, mamá y yo, improvisamos la cena con lo que había en la nevera. Nadie decía nada, el silencio era aplastador, el aire denso y la noche fría. Harta del misterio que envolvía a la enfermedad de papá, dije:

-Es un poco tarde para que papá esté sólo en la calle.

Me quedé esperando respuesta, todas continuaban escarbando la comida, la preocupación estaba en cada rincón de la cocina como un huésped no bien recibido.

Incómoda y angustiada solté los cubiertos, que en medio del silencio hicieron un estruendo al chocar con el plato, empuje la silla y me paré decidida a encontrar a papá y traerlo a casa.

Para mi sorpresa, ninguna me detuvo. Caminé por el pasillo rápidamente, y en ese instante la puerta se abrió. Era papá. Tenía el semblante más tranquilo, pero se veía perdido, su mirada era distante y desde mis ojos se veía más viejo y cansado.

No bien él había entrado a la sala, cuando mamá se paró bruscamente de la silla y en tono alto y desesperante le reclamó por haberse ido, por las discusiones con el vecino, por su mal humor y sus desplantes. Y con lágrimas en los ojos le reclamó por no ser el mismo que era antes.

Mientras mamá descargaba la frustración acumulada por meses, papá ni siquiera la miró a la cara, no le grito, no se enojó, no dijo nada. Mamá, indignada, corrió a su habitación, y mis hermanas fueron tras ella.

A solas en la sala con mi papá, le pregunté:

-¿Qué es lo que te pasa?

No me respondió.

-Papá tienes que hacer un esfuerzo, hemos hecho todo para que te sientas mejor y cada día eres más distante.

Era un monólogo deprimente, porque papá no respondía. La incertidumbre me invadía, necesitaba que me dijera algo, estaba asustada porque al ver su rostro no lo reconocía.

-Papá, por favor, dime que es lo que quieres, ¿qué te pasa?

En ese momento me miró, y el vacío que adornaba sus ojos me devastó. No me dirigió la palabra y se fue a su habitación.

Mi desconcierto era tan grande que salí huyendo, con los ojos empañados abrí la puerta. En ese momento no sabía qué era más grande, si el dolor o la rabia. Salí a la galería, me tropecé con la mecedora pero seguí caminando, bajé los escalones y lloré.

Me detuve en la acera, las lágrimas me corrían por las mejillas, y por un instante comprendí que él no tenía la culpa, estaba agotado por llevar al hombro una carga tan pesada durante todos estos meses.

Di la vuelta, subí los tres escalones hasta la galería, entré a la casa y caminé hasta su habitación. Al ver la puerta cerrada, llamé: -Papá, ¿puedo pasar? Al cabo de unos segundos, volví a tocar más fuerte, y antes de abrir la boca la puerta se entreabrió.

Despacio la empujé, una sencilla puerta de madera pintada de blanco, y vi a papá sentado en la esquina del cuarto, temblaba con sus ojos abiertos y asustados, mientras empuñaba una pistola en sus manos

Una anécdota.

Hace unas semanas, sentada en el sillón leyendo a Jane Austen, sentí deseos de ir a un lugar diferente a leer, sentí la urgencia de estar en una biblioteca o una librería rodeada de libros, con el olor particular que tienen los libros nuevos, mezclado con una misteriosa esencia de café que ronda en el aire.

Me paré del asiento, tomé las llaves del carro y, ya que la biblioteca me parece que aún está vacía -inaugurada pero vacía- me dirigí a la librería. Aunque vivimos en una ciudad sólo hay una librería (de esa categoría). Con bocinazos y maldiciones, me abro paso entre los carros públicos hasta encontrar un parqueo. Ilusa y esperanzada de sentarme a leer tranquilamente me detengo en la entrada de la librería y pido permiso para pasar mi libro “Sentido y Sensibilidad” que lo compré ahí mismo semanas antes.

Para mi sorpresa, usted no puede llevar su libro y sentarse a leer en la librería. Asumo que es por cuestión de negocios –sólo estoy asumiendo- que no es rentable que lleve mi propio libro por varias razones: estaré ocupando espacio, aire acondicionado y probablemente no compre nada ese día, a pesar de que compro libros regularmente; pero entiendo que es más conveniente, económicamente hablando, que vaya a leer uno que está en la librería, que probablemente me guste y que de seguro compraré. Vil marketing. Ilusa yo que pensé que las librerías, además de vender libros, eran un espacio más abierto y amigable para los lectores.

Luego de ese día no dejo de pensar en que aquí, en nuestro país, hay (también) una escasez de espacios para los lectores, escritores y personas que comparten el gusto y la pasión por las letras.  Gusto este, que cada día se vuelve más complicado, gracias al alto costo de los libros es casi un lujo comprarlos, y es poco común encontrar lugares donde disfrutar de un buen ambiente para leer o escribir.

Para no hacer el cuento más largo, me di la vuelta, me subí al carro y enfilé rumbo a mi casa para sentarme en el sillón a continuar leyendo.

Recuerdo

Abrió la ventana y asomó la cabeza, sólo para sentir como el viento acariciaba su cara y alborotaba su cabello. Miró al cielo y, en voz alta, construyó barcos, un perro, una cara de payaso y un hada sin un ala.
Reía a carcajadas mientras jugaba con las nubes, suspiraba, cerraba los ojos con esa ilusión que solo se refleja cuando sueñas.
Sentada en el sofá, veo con tristeza y desconcierto el recuerdo de esa niña soñando en la ventana, preguntándome donde quedaron mis ganas de soñar.

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Un cuento.

Han pasado 15 minutos y no he podido moverme. Ni pensar siquiera. La habitación ahora se ve más oscura, inerte. Intento recordar donde estoy, pero el dolor punzante en mis entrañas es más fuerte que mi voluntad. Los brazos me pesan, doy media vuelta y camino hacia la sala, me tumbo en el sofá. Abrazo mis rodillas en un intento desesperado por mermar el intenso dolor, pero las lágrimas no salen.

El estridente sonido del teléfono me saca por un momento del abismo.

-Si.
-Hija, ¿a qué hora piensan llegar?
-Mamá creo que no podremos asistir.
-Pero si es el cumpleaños de tu papá, sabes que es importante para él que estemos todos.
-Ya nos disculparemos con él.
-¿Estás bien? Te escucho decaída.
-Si, estoy bien.
-No pueden faltar, lo sabes. ¿Dónde está Carlos?
-Está trabajando mamá. No se cuando llegará.

En ese momento, las lágrimas salieron.

-Al menos tú ven a la cena.
-Haré lo posible mamá.

Recosté la cabeza en el sofá. Mientras las lágrimas se deslizaban por mi rostro, el dolor disminuía. Decidí hacer acto de presencia en el cumpleaños de mi padre, me haría bien ya que las frías paredes del apartamento me estaban consumiendo.

​Caminé hacia el baño, y al pararme frente al espejo vi a una mujer que no conocía. Con los ojos vacíos, el rostro envejecido, y una expresión desorientada hizo una mueca con la boca.

-Debo hacer un mejor esfuerzo.

Hizo otra mueca poco convincente. Respiró profundo y volvió a intentar.

-Esto es todo lo que puedo sonreír.

Satisfecha con su fingida sonrisa, se lavó la cara, se arregló la blusa y salió hacia la casa de sus padres.

Necesitaba aire por lo que caminé tres cuadras para llegar al cumpleaños de papá. Escuchaba lejos, como una música de fondo, los carros, las personas, el ladrido de los perros en las aceras. El camino se hizo más largo que de costumbre hasta que toque el timbre de la casa, y un nudo se apoderó de mi garganta. Tal vez porque mi madre se las lleva todas y yo no me siento con ganas de hablar, lo que hace completamente absurdo que haya venido a la cena familiar. Es un completo error, vine por voluntad propia a ser devorada por todos los miembros de mi familia con sus preguntas para ponerse al día.

Mi respiración se hizo más agitada, las manos me sudan, el pánico se apodera de mí. Decidida a salir corriendo, bajé tropezando el primer escalón. Un ruido me paralizó.

-Hija, que bueno que llegaste.

Resignada y sin salida, miro a mamá.

-Hola mamá.
-Pasa, no te quedes ahí como petrificada.

Al entrar empezaron las preguntas de rutina, las cuales intentaba responder lo más automáticamente posible, hasta que pude atravesar la sala, el comedor y llegar a la cocina donde se encontraba mi papá.

-Felicidades papá.
-Que bueno que viniste hija.
-No podía perderme tu cumpleaños.

E hice el mejor intento de sonrisa.

-¿Estás bien?

En ese momento supe que la mueca no fue suficiente para alcanzar una sonrisa.

-Si papá, sólo estoy cansada. Mucho trabajo.

Por su expresión supe que no me creyó nada. Pero tampoco insistió. Me dio un abrazo y siguió comiéndose las croquetas a escondidas.

Me sentía observada por todos, y no tenía ganas de seguir viendo a las personas en ese salón. Subí rápidamente la escalera, entré a la que solía ser mi habitación hasta que me casé hace 6 años, nada había cambiado, olía exactamente igual. Ahí, rodeada de mi infancia, mis libros infantiles y mis muñecos me sentí más tranquila. Me recosté en la cama y antes de que pudiera llorar, me dormí.

La huida

Se despertó sobresaltada, su corazón latía tan fuerte que todo el cuerpo le temblaba y sentía pequeñas explosiones en las sienes. Llevó su mano derecha al pecho, con la esperanza de calmarse, se levantó de la cama y fue a la cocina por agua. Jadeante tomó el vaso y lo llenó de agua, bebió despacio en intervalos que intercambiaba con respiraciones profundas. Se sintió más tranquila y mirando fijamente el suelo divisó una pequeña figura rectangular delante de la puerta de entrada, se acercó despacio y vio un pequeño papel, lo recogió y leyó: “te espero”.

Repentinamente, le invadió la tranquilidad, sabía que él estaba bien y conocía el lugar donde podía encontrarlo. Eran las 5:30 de la tarde, puso el vaso en la mesita más cercana y corrió a la habitación. Se puso el pantalón que estaba tirado en la silla, se recogió el cabello, puso un poco de ropa en un bolso blanco y salió corriendo. Mientras corría sin parar por el campo bañado en oro por el amarillo del trigo que bailaba con el viento, miró al cielo y el atardecer la arropó de esperanza, sonrío y jadeante continuó hasta una pequeña casucha al final del campo.

Los pulmones le dolían al llegar a una puerta de madera que apenas se sostenía con unos clavos oxidados, el sonido estridente y chirriante la hizo dudar un instante, se hizo paso entre el miedo y vio su rostro reflejado por la escasa luz que entraba por la ventana. Sonrieron, en medio de esa casa vieja y enmohecida, se fundieron en un abrazo. Desconocían lo que traería la mañana, si los perseguirían por un crimen que no cometieron o el mundo se olvidaría de ellos; mientras tanto, esa noche estaban juntos.

Autorretrato

Tranquila en apariencia,
con la calma reflejada en la cara,
pensativa, preocupada.
Tus ojos brillan enamorada
de sueños, verdades y fantasías,
tu sangre hierve ante la desilución del mundo que te rodea.
Corazón palpitante que se embriaga de ansiedad
cuando clavas las uñas en las palmas de las manos
mientras libramos la batalla cotidiana,
tú empeñada en la realidad,
Yo haciendote soñar.

 

 

En la barra

Aquí en la oscuridad de este lugar tu ausencia se siente como un golpe en la boca del estómago. Intento recrear cada detalle de ti en mi mente, aprieto los ojos fuertemente, me dejo llevar por la brisa, la música, el olor a cigarrillo y esta silla de la barra que se tambalea.
Y te veo llegar, reflejado entre la columna blanca y esa puerta grande y oscura, sonrío y me sonríes con tus hermosos labios que dibujan un cuarto menguante. Te acercas, estiro los brazos, se cae el vaso con agua que me despierta a tu ausencia y me devuelve el golpe en el estómago.

Un personaje

Sentada, con los pies sumergidos entre el fango rojo y marrón, en las escaleras de una pequeña casa de madera y techo de zinc en medio de la nada, Aurora miraba absorta la degradación anaranjada del atardecer. El viento soplaba con olor a tierra húmeda y excremento de vaca, no parecía molestarle ya que en su rostro se reflejaba una calma soberbia, pero en sus ojos pequeños y profundos se proyectaba, como un celuloide, su marido tirado en medio de aquel desolado lugar, con una herida en la espalda, desangrado hasta morir. A sus 45 años, aunque aparentaba más vieja por una vida de sufrimientos y trabajo para sobrevivir, se encontraba completamente sola, con una casa cayéndose a pedazos, un ganado y habilidad para las cartas; cualidad con la que nunca quiso haber nacido.
“Siempre tan callada”, comentan los vecinos, con aire de preocupación decían que se había vuelto loca, por las largas horas que pasaba mirando el atardecer y que a penas salía de su casa para las labores cotidianas. El cuchicheo creciente enfrente de la casa la despertó abruptamente de su contemplación; aturdida observó con ojos desorbitados a esas personas, a quienes conocía por las revelaciones de sus cartas, y quienes se referían a ella como “Aurora la adivinadora”. Estaba consciente de que hablaban de ella, y lo que se decía de su introvertido comportamiento, pero como era de esperarse no reaccionó, les dedicó una cálida y sincera sonrisa, puso las manos en los escalones para apoyarse y con un poco de esfuerzo, se puso de pie; sus piernas temblaban mientras subía dos peldaños hasta llegar a la puerta carcomida y a punto de desprenderse, entró y suspiró al ver ese oscuro hueco frío y desolado, al que llamaba casa.

Caminó hacia la habitación, que contenía sólo un colchón, unos hierros oxidados que le servían de cabecera, y una mesa de retazos de madera con una vela a la mitad. Se sentó en la cama, y con un trapo húmedo limpió el lodo de sus pies, lo dejó caer al suelo y se recostó. Estiró su brazo derecho y tanteó la superficie de la mesita, sintió entre sus dedos un objeto pequeño, redondo y frío, lo tomó y con los ojos empapados de nostalgia miró el anillo de su esposo, lo acercó a sus labios resecos y esbozó una ligera sonrisa.

Sobre “Las horas distantes”

Kate Morton

Los libros de ficción son capaces de crear mundos, fantasías e historias tan vívidas que las hacemos nuestras, es por tal razón que cada vez que termino una novela atravieso un sentimiento de pérdida, de desprendimiento de esa historia acabada. A muchos les pasará lo mismo, espero. Recientemente concluí la lectura de “Las horas distantes” de Kate Morton, y quedé satisfecha. Desde la fluidez de la narración, la minuciosa descripción de los detalles, los lugares, las texturas y olores. Más que una lectora, me sentí una detective a lo largo del libro, con cada pista que coloca la escritora aquí y allá que hacen que te encuentres, repentinamente, hablando contigo misma, tratando de adivinar lo que pasará y regocijándote si aciertas.
La manera en que Morton mantiene en secreto datos importantes durante toda la historia y enredando la trama cada vez más para en las últimas treinta páginas desenredar el nudo de golpe, me desencantó. Entiendo que una de las claves para hacer una novela atractiva sea mantener el suspense a lo largo de la trama, pero “Las horas distantes” tiene un brusco desenlace.​

Pero, en general, es una historia bien construída, y la narración de la escritora es, en mi opinión, fantástica.

Al despertar

Le atribuían a las condiciones físicas sus constantes ganas de dormir. Decían que era débil, delgada, pálida y no sonreía a menudo. Visitó decenas de médicos, especilistas y psicólogos, se sometió a los hipnóticos efectos de medicamentos. Años de estar segura de que sus ganas de permanecer dormida no eran normales. Un día despertó sabiendo que no dormía por cansancio, ni por enfermedad, sólo dormía para soñar.